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La Coctelera

EL MURO

DONDE TODO SE ESCRIBE

20 Marzo 2007

CABALLERO DE MEDIA NOCHE

POR: ANDREA BENITEZ PAZ

Despertaba la vida en Begonia, en la esquina de la plaza, Rosa abría las puertas de su local. Repetidas veces entraba en el local y sacaba los canastos cargados de tomates, manzana verde, manzana roja, duraznos, lechugas, etc. Armaba una fiesta de víveres en la entrada del local, de modo que cualquier catador de olores pudiera sentir los frescos aromas a más de una cuadra de distancia. De igual modo, los curiosos quedaban hipnotizados al ver tanto colorido, las gotas de agua fresca resbalaban por las cáscaras suaves de las manzanas y el naranja incandescente de las zanahorias casi los cegaba.

Federico del Pino, el dueño de la ferretería “Los Pinares”, alistaba su caballo bayo, ajustaba su montura negra como de costumbre y se disponía para partir. Unos minutos antes de montar, su esposa Margarita se acercaba al potro y le ofrecía dos cubos de azúcar, después alcanzaba a su marido dos emparedados para el almuerzo. Federico montaba su corcel, y sacudiendo su mano se despedía de su esposa. Al oír el estruendoso compás de los cascos del bayo en las calles de piedra, despertaba el alcalde, al mismo tiempo abría la tienda “El Girasol”, la señorita Sol alistaba las mesas para servir los desayunos que atendería ese día.

Tan solo en una casa no se escuchaba la vida despertar con la percusión del potro. Pasaban un par de horas más, hasta que como sabañones los rayos del sol se colaban por las ventanas y llegaban a los ojos de Dalia[1] quien tendida en la cama sonreía al despertar. Los rayos del sol chocaban con las gotas de sudor que todavía resbalaban por el cuerpo desnudo de Dalia. Con las sabanas en la cintura, boca abajo las pequeñas gotas de luz podían saborear el olor del placer. Pareciera que las gotas de sudor se evaporaran de la superficie de su cuerpo ardiente y una especie de vaho inundaba la habitación.

Apenas se colaba la mañana por su ventana, y su cuerpo aun no dejaba los recuerdos atrás. Como de costumbre, se sentaba al borde de la cama, aun con su cuerpo completamente desnudo, muy lentamente volteaba la mirada, rogaba poder encontrar al caballero de media noche[2] durmiendo del otro lado de la cama. Al igual que todos los días, Dalia encontraba que las sabanas de su cama estaban empapadas de sudor, el sol las calentaba lentamente y el líquido se evaporaba de la misma manera que lo hacía del cuerpo de Dalia. Ella cubría su cuerpo con las sabanas mojadas, tomaba una ducha y salía a en busca de su cotidianeidad.

Ansiosamente esperaba que llegara la noche, tiempo en el cual el hermoso caballero se escurría entre sus sabanas y entre su cuerpo, tiempo en el cual ella quedaba completamente empalagada con su olor. Mientras caminaba por la acera, recordaba a su caballero, sus ojos negros que la miraban con locura, sus labios que se amoldaban de forma perfecta a cada centímetro de su cuerpo. Tomaba un periódico del puesto de la esquina y caminaba en dirección de la tienda de la señorita Sol. Sin dejar de pensar ni siquiera por un instante, n aquellos brazos fuertes que la sujetaban para no permitir que su cuerpo escapase y que de un momento a otro tapaban su boca para ahogar un gemido, Dalia pedía a la señorita Sol que le sirviese el desayuno de siempre. Mientras picaba la fruta del plato, recreaba la imagen de ese cuerpo sobre ella, el caballero la besaba, manteniendo un ritmo constante en la forma de amarla, de un momento para otro el hombre le daba vuelta y la poseía con fuerza mientras ella pedía mayor profundidad. Dalia no podía evitar la tentación de acariciarse, lentamente abría las piernas y bajaba sus dedos hasta frotar su sexo. El tenedor en su mano izquierda empezaba a moverse torpemente y sus mejillas empezaban a tener un color rosado.

Dalia terminaba rápidamente su desayuno, pagaba la cuenta y salía del sitio. Caminaba dos cuadras más y se encontraba frente al potro de don Federico, le daba una nalgada al animal y entraba en el despacho. Pasaba todo el día trabajando para el, esperando ansiosamente que sean las seis y media de la tarde para que solo falten dos horas y media para que la visite su amante. Mientras pasa a maquina todos los escritos del señor Federico, Dalia recuerda la forma en que el caballero separa sus glúteos y la penetra en las noches, por sus manos se pasea el recuerdo del pecho desnudo que acaricia con pasión y como sus senos son masajeados por las manos tan fuertes de aquel caballero.

Al salir del despacho, Dalia atraviesa de nuevo todas las calles hasta llegar a su casa. Abre la puerta, mira con recelo la calle en ambas direcciones, entra en la casa y cierra la puerta. Con un paso tambaleante y soñador cruza el patio, se detiene justo en la escalera, toma unos segundos, observa aquellas bellas flores y las huele. El aroma del amor entra profundamente en su cuerpo, llega a los pulmones y se reparte por todos sus sentidos. Dalia comienza a sentir calor entre sus piernas y sus pezones se endurecen.

Prepara rápidamente algo de comer, va al estar prende en televisor, cena mientras ve, en blanco y negro cualquier programa de momento. Toma la loza, la lava y la deja secar. Sube a su cuarto, cierra las ventanas deja la puerta del cuarto abierta, se quita la ropa y se tumba desnuda en la cama. Espera impaciente a que aquel hombre la toque de nuevo. Dalia se ve vencida por el sueño, mientras tanto, aquel olor, característico del placer, a las nueve de la noche, empieza a subir por la escalera, cada paso es muy lento pero muy firme, entra en el cuarto de Dalia y lo inunda completamente. El cuerpo tumbado en la cama se ve poseído por aquel olor, es entonces, cuando el subconsciente de Dalia empieza su más duro trabajo. El caballero se posa al lado del cuerpo desnudo de Dalia, besa su espalda lentamente, besa su cuello, logrando que la respiración se haga más fuerte. Llegado el momento, el caballero de media noche saborea cada parte del cuerpo de su mujer amada, Dalia siente sus caricias y el sudor empieza a resbalarse por su frente, las gotas también brotan de la parte interna de sus pechos.

Dalia posa sus dedos en su sexo, lo siente húmedo y entonces el caballero entra en su cuerpo, la posee una vez más, las imágenes se repiten una y otra vez, Dalia suda, pero solo ella suda, el caballero es tan fresco como el olor de las plantas de la escalera. Dalia gime, grita y se revuelve en su cama como si estuviera poseída. El aroma del caballero se impregna en todo su cuerpo y penetra en cada una de sus neuronas. Activa sus deseos y como una chispa, estalla en ese torrente de placer.

Con el cuerpo completamente cansado, Dalia vuelve a dormir, la habitación se llena nuevamente de vaho, aquel olor enloquecedor se esfuma en la mitad de la noche y solo queda el olor del cuerpo de Dalia. No hay rastros de aquel hombre que solo la posee mientras esta dormida, de nuevo empieza la vida afuera, mientras que la de Dalia empezara dos horas mas tarde cuando su cuerpo puede ponerse en pie.




[1] (de Dahl, Botánico sueco). Plantas compuestas de flores muy hermosas pero sin olor.
[2] Planta de clima templado de flor muy bella, su nombre se atribuye a que la flor despide un olor muy agradable durante las horas de la noche (entre 9 y 11 de la noche).

Tags: cuentazo

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Diego

Diego dijo

hey!! q es esto señorita paz!! jajajaja... ta weno ta weno... te felicito, espero q estes muy bien, cuidate

21 Agosto 2007 | 04:33 AM

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